martes, 6 de enero de 2015

Límite

Como si así fuese a castigarle, me concentré en esquivar su mirada desde el preciso instante en que el tono de su voz comenzó a vibrar demasiado en mis oídos para convertirse en un enjambre de palabras que hablaban sobre los tonos ocres de ese verano enmarcado en la sonrisa de una loca que, pudiendo haber sido yo, ni lo fui entonces ni tampoco lo soy hoy.  

Mientras su discurso iba mimetizándose paulatinamente con el sonido ambiente, clavé sin percatarme los ojos en el cigarro que me estaba fumando y que se encontraba a una sola calada de mis dedos, ajenos al hervidero de recuerdos prefabricados que aquella imagen había conseguido provocar en mi mente. La última bocanada de humo trajo consigo la incertidumbre absurda de no saber cuándo volvería a sujetar un cigarro entre los labios, dejando así que ese soplo de oxígeno contaminado me arañase la garganta para anidar temporalmente en mis pulmones hasta encontrar la salida, dejando a su paso la caricia de ese hálito que se nutre de satisfacción y nostalgia al mismo tiempo.

Tras utilizar la suela de mi bota para terminar con la agonía del cigarro que perecía tirado en el suelo, levanté ligeramente la cabeza con ánimo de asentir en signo de aprobación, fingiendo un interés que despreciaba el sinsentido del soliloquio que él seguía pronunciando. La cita (in)esperada con su silencio me reconcilió con el lado más sincero de mi conciencia, empujándome a reconocer la tortura a la que voluntariamente me sometía cada vez que arrebataba una escena cualquiera del argumento de la cotidianidad para jugar con ella a revivir la urgencia de aquella madrugada en la que quitamos la pila al reloj, preocupados por si las horas pasaban demasiado rápido.

Que somos carne de cañón y que la chispa llevaba tanto tiempo encendida que nos sobraron las manos para prender del todo la mecha; eso ya lo sé, pero después del disparo nos quedamos sordos los dos para compartir algo más que la respiración acelerada porque, a menudo, el aliento se recupera muy pronto.

Ni tú sabías tan poco, ni yo había dado tantas vueltas, ni tú eras todo abrigo, ni yo toda frialdad, ni las ganas pueden con todo ni todo se acaba cuando se matan las ganas, porque allí donde la poesía dicta las leyes la piel coquetea con versos que no riman, superando la forma para envenenar el aire con el misterio que encierra siempre el contenido.   


Zona peligrosa. Procuraremos no cruzarnos allí y si tenemos esa (mala) fortuna, aguantaremos la respiración porque nosotros no podemos escribir poesía. 


Alba Expósito

sábado, 27 de septiembre de 2014

Las ovejas también galopan

Contar ovejitas nunca se me dio demasiado bien, pues la monótona tarea de numerar churras y merinas conducía mi imaginación por unos derroteros muy lejanos al idílico remanso de paz en el que despojarnos del agotamiento y gozar de un plácido descanso. 

Desde bien pequeña, me había fascinado inventar historias a partir de pequeños detalles que para otros hubiesen resultado insignificantes, pero que en mi mente avispada actuaban como una semilla a punto de germinar, de modo que en el silencio de la noche, mi pensamiento solía recrearse en cada uno de esos mamíferos lanudos y atolondrados que se amontonaban para formar un rebaño esperpéntico que balaba al unísono, emitiendo un ruido ensordecedor que retumbaba en las paredes de mi cabeza y me impedía conciliar el sueño.

El hábitat en el que moraban las ovejas era un extenso prado cuyos límites no aparecían bien definidos pero que, a simple vista, presentaba una clara división en dos áreas separadas por una valla de madera carcomida. A la derecha, se abría paso un paisaje bucólico donde todas las necesidades que pudiese tener una oveja quedaban cubiertas gracias al trabajo de unos afables pastores que guardaban el rebaño, decidiendo el destino de aquellas infelices a las que terminarían por mandar al matadero. En el lado opuesto, el césped no estaba cortado y no había pastores que marcasen el camino a seguir porque en aquella pradera no existía más ley que la libertad. Sin embargo, eran muy pocas las ovejas que se resistían a saltar la valla.
Gracias al elevado número de ovejas que saltaban yo lograba dormirme por puro aburrimiento, pero mis sueños siempre se quedaban con las que no sucumbían ante los efímeros encantos que acechaban tras los postes de madera y se aventuraban a vivir presas de la incertidumbre; esclavas de la libertad.

A los once años de edad, poco o nada sabía yo acerca de Nietzsche y su teoría del superhombre y el hombre-masa. Sin embargo, cuando descubrí al filósofo en mi adolescencia, comprendí que aquella dicotomía vigente en mi rebaño podría constituir un ejemplo infantil de las afirmaciones del autor, encontrando su punto tangente en el abandono de los valores tradicionales como respuesta a una moralidad sumisa y alienante. Sin embargo, esta tarde no logro averiguar cuál fue el momento exacto en que desvirtué por completo el sentido de esta teoría que asumí como propia y, mucho menos, el acontecimiento que convirtió mi experiencia vital en una carrera hacia la autodestrucción. Ni siquiera sé si estoy realmente convencida de mi discurso.

Tiritando, mi cuerpo se encoge afligido por los recuerdos de una vida pasada que ahora se me antojan como un montón de fotogramas hilando un film imposible, tanto como la película más loca de Alex de la Iglesia, donde solo rozando lo descabellado se puede alcanzar la cordura en su estado más puro. Seguiría ensuciando con tinta mil hojas pero el temblor cada vez se apodera más de mi mano derecha que ansía aferrarse a las crines de ese caballo que hoy, después de tanto tiempo, galopará con más fuerza que nunca por mis venas.

Gracias Lucía por iluminar las tinieblas de mi mente y demostrarme que el amor empapó con sus efluvios cada impulso, cada intento y cada decisión. Gracias Lucía por hacer posible que esta no sea una carta de disculpa o de arrepentimiento por mis errores y, sobre todo, por haber hecho carne el sentimiento que palpitaba entre nosotros, tan ingenuos. Gracias por hacer ahora alarde de tu magia dejando la mercancía preparada sobre el borde de la bañera.


Gracias Lucía, mi niña, mi luz.



Alba Expósito

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Mi cara B


Mi vida es como una cinta de música de los noventa: con su cara A y su cara B.

La cara A es la más conocida, donde se esconden los hits del verano y los ritmos más pegadizos. Sin embargo, es tan repetitiva que termina por hastiar al personal y muy pocos quedan con ganas suficientes como para atreverse a escuchar la cara B.

Un día, me paré a darle la vuelta a la cinta y, desde entonces, cambié los estribillos asfixiantes por canciones de verdad. Yo siempre digo que mis amigos son la cara B de mi vida: son el aliento que me falta cuando el agobio me oprime fuerte el pecho; el golpe de suerte que me permite escapar de todo sin necesidad de ir más allá del bar de la esquina.

Mis amigos son las agujetas en la tripa cuando nos reímos a carcajadas por algo que nadie más entendería y, cómo no, son los acompañantes perfectos en una cena improvisada de pizzas y palomitas. Ellos son la otra firma en las escrituras de la casa de fin de semana; ese banco del parque en el que se nos congelaban las manos las largas tardes de invierno. También son los chapuzones entre olas aquel verano de la playa o los partidos de futbol que veía en el patio de un colegio sabiendo o sin saber lo que era un fuera de juego.

Ellos son las miradas cómplices, las sonrisas: mi suerte, mis secretos. Mi cara B.

viernes, 22 de noviembre de 2013

La trastienda de la vida


Ese era el lugar. Tenía que ser ahí, en la trastienda de los devaneos y el alborozo: el único lugar donde era posible doparse con un chute de cotidianidad alternativa tan necesario para escapar de aquellas construcciones de apariencia armónica pero que, en su naturaleza fastuosa, se erigían, sin duda, algo inciertas.

En un momento, observé cómo la ciudad se convertía en una alegoría urbana de mi propia vida, cuya sombra alcanzaba ya difusa la caverna de mis pensamientos, augurando un futuro que parecía amalgamado con las fachadas de aquellos edificios y se presentaba definido, estático, perenne; asfixiante. Sin embargo, en mi vida no existía una puerta de atrás por la que escapar o, al menos hasta entonces, yo nunca había contemplado tal posibilidad.

Quizás fueron la bohemia y lo prohibido expirando en el beso ausente o, pudo también ser el eco de su aliento resonando en mis oídos. En ese instante, comprendí todo; me comprendí a mí. Sentí vértigo y me gustó.
 
Alba Expósito

lunes, 18 de noviembre de 2013

El placer de soñar

La magia de los sueños está en que puedes dejar que todo pase sin tener que pedirte después explicaciones.

Alba Expósito

miércoles, 16 de octubre de 2013

Y de repente, la casualidad

Subiéndose la falda, ya acomodada a horcajadas sobre sus caderas, se excitaba con el preludio de algo que, a juzgar por lo abultado de su bragueta, prometía cumplir con las expectativas. Con una mirada, menos lasciva que tierna, iba rozando su cuerpo sin tocarle: unos labios maduros malamente enmarcados entre los perfiles de esa perilla entrecana, que aún conservaba la esencia canalla que ayer despertó pasiones; ese cuello que custodiaba celoso el secreto de la poesía en su garganta y, justo debajo, su pecho todavía cubierto con la camiseta de rayas que un día fuese su seña de identidad y que ahora parecía poco menos que un extraño homenaje a no se sabe qué.


Entre tanto, él comenzaba a subir por su muslo con la mano que no tenía atrapada entre la lencería que ella había elegido para la ocasión y fue entonces, en ese mismo instante, cuando sus pupilas se clavaron en aquella mano. Desde que era una niña le había encantado inventar historias a partir de pequeños detalles que, para otros, hubieran resultado insignificantes, pero que en su mente avispada actuaban como una semilla a punto de germinar. Aquella tarde, su pensamiento se recreó en cada recoveco de la mano de ese hombre, imaginando cuántas serían las gotas de tinta que habría empujado al suicidio, derramándose sobre el papel en blanco y dejando una estela de versos en los que dibujaban con palabras tantas siluetas femeninas que daban vida a sus poemas. 


Le admiraba, siempre lo había hecho, pero nunca se habría atrevido a pensar en un encuentro así, ni siquiera había imaginado que llegaría a encontrarse con él, de ningún modo. Si aquella mañana alguien le hubiese dicho que iba a conocerle en ese bar del centro habría pensado que era una broma, pero si además le hubiese advertido que acabaría en su casa le habría parecido una auténtica locura. De repente todo eran dudas, sabía que todo acabaría en unas horas; él era casi un mito para algunos y su voz destilaba la plenitud de un pasado no tan lejano, pero ella ya no tenía claro por qué estaba allí; parecía conocerle desde hacía años pero hacía solo unas horas que habían cruzado palabra por primera vez. Tenía envenenada la razón.



–Regálame, luego, un verso en tu poesía. –Acertó ella a decir, titubeando. –La palabra es eterna, no es joven ni vieja; es tatuaje en la memoria.



Él subió la mirada hasta encontrarse con sus ojos, tan bien delineados en negro azabache, y sonrió complaciente. Despacio, su mano gastada siguió el camino que tenía marcado por su muslo desnudo.



Alba Expósito

sábado, 28 de septiembre de 2013

Del día en que quisieron mandar en nuestros ovarios

A los animales les planificamos la vida, fijaos sino en las gallinas, por ejemplo. Rompen el cascarón y se encuentran sobre sus cabecitas un foco de luz cegador, casi inquisitivo, que ilumina el espacio concebido entre las cuatro paredes de plástico que forman esa especie de incubadora, dotándola, sin duda, de un calor agradable pero, al fin y al cabo, artificial.
Cuando por fin consiguen adaptar sus ojos a tan incómodo ambiente, casi no les da tiempo a pestañear dos veces, cuando ya han sido fecundadas por algún gallo y están esperando a poner un huevo colocadas entre paja y barracones de madera.

Si lo pensamos bien, da un poco de pena ¿no? Pues imaginad que en vez de gallinas fuesen personas, concretamente mujeres. No podemos dejar que nos traten como animales, somos mujeres y somos libres: tenemos capacidad y responsabilidad para actuar y decidir en todos los ámbitos de nuestra vida. Solo nosotras somos dueñas de nuestro cuerpo.
No os dejéis convencer por los de los rosarios, los de las gaviotas y demás parafernalias; solo tienen miedo y, también, muchos aires de grandeza. Si nos quieren calladas y sumisas, respóndeles rebelándote.

#28-S
#NOSOTRAS DECIDIMOS

#ABORTO LIBRE

Alba Expósito